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Donald Trump: una creación de la izquierda y la corrección política.

Opinión
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Populista, xenófobo, machista, irreverente… los calificativos se quedan cortos para definir a Donald Trump. Aún así, hablamos de un candidato a la presidencia de la mayor potencia del mundo, que por cierto cuenta aún con muchas opciones de ganar, y su éxito deviene de decir en público lo que muchos votantes piensan en secreto. Pero Trump no ha aparecido por arte de magia en un vacío político: es una creación del descontento acumulado, una respuesta imperfecta de los votantes a una preocupación perfectamente legítima por la corrección política.

En Occidente estamos siendo testigos de un triste fenómeno: nuestros políticos no son capaces de identificar amenazas muy reales a la seguridad y a la cohesión social, preeminentemente relacionadas con el extremismo islámico y flujos migratorios insostenibles en un período de tiempo tan corto. Obama no ha dudado un segundo a la hora de  bombardear posiciones estratégicas de células yihadistas en Yemen, Afganistán, Iraq o Siria, pero jamás le veremos identificar al islamismo como la raíz del problema al dirigirse a los votantes. Tampoco lo hizo Bush, que inmediatamente después de los atentados del 11 de septiembre se apresuró a asegurar que “no tenían nada que ver con el islam”. Porque la opinión pública manda, y la sociedad occidental se ha llenado de policía del lenguaje que nos dice qué podemos y qué no podemos decir (y si no, que se lo pregunten a Clint Eastwood). Twitter está lleno de justicieros sociales que se creen mejor que los demás por considerarse tan progresistas que defienden derechos o minorías sexuales que personas como usted y yo ni siquiera sabíamos que existían (probablemente debido a que, efectivamente, no existan). La libertad de expresión es un derecho que sólo parece entenderse de forma partidista, y hay quien piensa que todo lo que no le guste puede ser considerado incitación al odio o a la violencia. Pero cada vez más personas se están comenzando a dar cuenta de que la izquierda, en su afán por controlar el lenguaje, ha adoptado un peligroso papel de censor de la sociedad, cada vez más parecido al de la derecha conservadora más rancia y a la censura moral de la Iglesia. 

Trump ha sabido aprovecharse hábilmente de esta circunstancia, y se ha apropiado del descontento que llevó al surgimiento de una creciente corriente social de gente de izquierdas y de derechas que simplemente aboga por la libertad de expresión. Sólo hay que ver un mitin de Trump para comprobar que le da absolutamente igual ser ofensivo o políticamente correcto, y dice lo que muchos piensan en secreto pero no quieren decir. La diferencia es que él se escuda en una cuestión legítima, que es el derecho a la libertad de expresión, para justificar su comportamiento xenófobo y hacer pasar su absoluta ignorancia por “autenticidad”. Trump confunde musulmanes con islamistas, confunde inmigración ilegal con inmigrantes mexicanos regularizados e integrados, no explica políticas concretas, ataca e insulta sin criterio ni fundamento, y demuestra una total y absoluta incompetencia. Pero lo ha tenido fácil, en parte gracias al resto de la clase política, sobre todo la izquierda. 

Si los políticos en general, y la izquierda en particular, hubieran evitado caer en la autocensura y hubieran identificado claramente muchos de los problemas a los que se enfrenta hoy Occidente, Trump no estaría donde está hoy. No tenemos que irnos muy lejos: Podemos, por ejemplo, evitó condenar en el Parlamento Europeo el genocidio del Estado Islámico contra minorías religiosas por miedo a “generar islamofobia”. El debate político se ha vuelto estéril, haciendo imposible tratar temas importantes de forma seria, y quien ose plantear críticas contra lo establecido como “progresista” corre el riesgo de perder el carnet de izquierdas y ser crucificado públicamente. Cuestionar cualquier medida supuestamente feminista, aunque sea de manera fundamentada, conlleva ser descalificado como “machista”. Poner sobre la mesa preocupaciones legítimas sobre la política migratoria o el extremismo conlleva ser descalificado como “racista”. Estas palabras, que deberían ser utilizadas de forma seria, son lanzadas arbitrariamente para cerrar debates y evitar toda discusión. 

Sólo hay que observar la respuesta a Donald Trump en las redes sociales por parte de los que se consideran progresistas: insultos tan gratuitos como los suyos, exaltación de la violencia contra su persona, peticiones de encarcelamiento o asesinato, e incluso una petición para que le fuera denegada la entrada en Reino Unido, que recibió tantas firmas que tuvo que ser debatida en el Parlamento. Nuestra sociedad vive en un estado perpetuo de disonancia cognitiva, y nadie quiere oír nada que vaya contra su ideología, pero la realidad es que hay miles de personas como Trump con nociones muy equivocadas, y la solución no es censurarlas, sino rebatirlas en la arena pública. John Stuart Mill decía que todas las ideas, incluidas las malas (especialmente las malas) deberían ser sometidas a debate público y escuchadas, no censuradas. Sólo así puede determinarse cuáles son en efecto malas ideas, y debe ser la sociedad la que llegue a esa conclusión mediante el uso de la razón.